Temple Grandin es autista, quizás la más famosa del mundo. Piensa, siente y experimenta el mundo de una forma que es incomprensible para la mayoría. Además, es doctora en zoología, profesora en la Colorado State University, lleva su propio negocio y escribe libros.

Temple nació en 1947, una época en la que se sabía muy poco del autismo. El nacimiento fue normal, pero a los seis meses su madre empezó a notar que rechazaba los abrazos.
“Cuando tenía dos años y medio no tenía lenguaje”, dice Temple. Su madre realizó una labor heroica. Contrató una niñera que pasaba horas jugando con su hermana y con ella a juegos de guardar y seguir el turno, juegos parecidos a los que hoy se emplean en la terapia cognitivo conductual.
Una de las consecuencias del autismo es el desorden sensorial y no hay que esperar por un diagnóstico, advierte Grandin, porque las señales pueden ser tan claras como que el niño no soporte las luces incandescentes. Puede verlas tintinear. Es que el autista es más sensible a los estímulos que recibe desde el exterior, como los ruidos y las luces. “El ruido fuerte lastimaba mis oídos. Odiaba el sonido de un globo explotando”.
Nunca dar sorpresas y hablar lentamente son algunas de las recomendaciones de Temple. Otras son tan prácticas como la de usar una tablet antes que una computadora, ya que su luz brilla menos.
En las 6 décadas que pasaron desde que Grandin fue diagnosticada la ciencia fue dando respuestas sobre el autismo.
Temple es una pensadora visual. Piensa en imágenes y las conecta entre sí, las asocia. Es su forma de comprender las cosas y de aprender.
"Hay que mantener a los niños autistas conectados con el mundo, no podemos dejar que los desconecten".
Ella nos transmite una visión de “sí se puede”. Con dedicación, amor, esfuerzo, paciencia y trabajo en conjunto existe un camino de superación y este camino debe recorrerse juntos, los niños con TEA y nosotros.